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Noticias IA y Educación – 6 al 12 de abril de 2026

Setenta años de inteligencia artificial y seguimos preguntando para qué

Hay una pregunta que llevamos años formulándonos de la manera equivocada: «¿Puede pensar la inteligencia artificial?». Depende de lo que entendamos por pensar, nos dice Senén Barro, catedrático de Ciencias de la Computación e IA,  en realidad la respuesta más honesta que se puede dar ahora mismo.


Porque llevamos demasiado tiempo instalados en dos trincheras igualmente cómodas: los que dicen que la IA no es más que un loro que predice palabras, y los que anuncian el apocalipsis o el paraíso, según el día. Antonio Ortiz, lo desmonta con precisión. El término «loro estocástico» no surgió de la nada: viene de un artículo académico publicado en 2021 por Emily Bender, Timnit Gebru y otras investigadoras, que cuestionaban los riesgos de los grandes modelos de lenguaje. Algo que a día de hoy ya no tendría ningún sentido.

Porque llamar loro estocástico a los modelos actuales es lo que Joseph Heath llamaría desinformación culta: una afirmación técnicamente correcta —los LLMs se basan en predecir el siguiente token— usada para sostener una tesis que ya no se aguanta. Los modelos de hoy planifican, revisan sus propios errores, rechazan instrucciones cuando corresponde. Un loro que hace todo eso, escribe Ortiz, ha dejado de ser un loro.

Mientras resolvemos si la IA piensa o no piensa, la vida sigue. Y la vida, en este caso, tiene escaño en el Congreso. La inteligencia, no tanto. 


Amanda Mars nos cuenta que  varios diputados y asesores reconocen usar ChatGPT, Copilot o Gemini para preparar intervenciones, escribir comunicados y moldear el tono. «Ahora pónmelo más agresivo», le pide uno al modelo. Otro ha externalizado casi todas sus publicaciones en X a la máquina. El filósofo político Daniel Innerarity lo pone en perspectiva: si Churchill le hubiera preguntado a la IA si convenía entrar en la Segunda Guerra Mundial, probablemente le habría dicho que era una irresponsabilidad. Y puede que hoy viviéramos en una Europa muy diferente. Glup. 

Julio Gonzalo, catedrático de la UNED, afirma que el discurso en redes ya está contaminado, y empieza a generar hartazgo porque casi nadie parece tener voz propia. La herramienta que prometía liberar tiempo para pensar está siendo usada, en muchos casos, para dejar de hacerlo.

Y entonces llega Adela Cortina, catedrática de Ética, y se pregunta: IA ¿para qué? La IA no puede darse a sí misma una finalidad, porque carece de intención. Son los seres humanos quienes deciden para qué sirve, quién se beneficia y quién paga el pato. Porque alguien siempre paga el pato. Los supervisores mal pagados que entrenan los modelos. Los países menos desarrollados que vuelven a ser colonia, esta vez de datos. El planeta, que aguanta los centros de datos. Los algoritmos no toman decisiones. Ofrecen soluciones. Las decisiones, y la responsabilidad que conllevan, siguen siendo nuestras.

Senén Barro añade un matiz político, y es que le preocupa más Trump que OpenAI. Ahí está el problema real, dice Barro: no tanto en las empresas tecnológicas, sino en los poderes públicos que las usan, las regulan o las ignoran según convenga.


Y mientras todo esto ocurre a escala global, en un colegio de Valencia, Eduardo Pérez, responsable de innovación pedagógica, lleva semanas dando vueltas a una contradicción que conocemos bien quienes estamos en las aulas. La Administración, mientras que  exige que los alumnos desarrollen competencia digital, acaba de restringir el uso de dispositivos en Primaria. Eso sí: cuando llegan las evaluaciones externas, las pantallas se habilitan sin límite ni horario. Si la pantalla sirve para aprender, se prohíbe. Si sirve para que la Administración obtenga estadísticas, barra libre. Pérez lo llama apagón pedagógico. 

Debatimos si la IA piensa, mientras la usamos para no pensar. Nos preguntamos si los modelos tienen voz propia, mientras las instituciones pierden la suya. Reclamamos competencia digital como objetivo curricular y retiramos las herramientas del aula. Exigimos ética a las empresas tecnológicas y la obviamos en los despachos donde se legisla.

La solución no está en prohibir, ni en abrazarlo todo sin criterio, ni en delegar la responsabilidad en Bruselas o en Silicon Valley. La solución es lo de siempre, lo que nunca debió dejar de serlo.

La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».

Luis Gómez Peñalver

Abril de 2026


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Fuentes

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