Tecnofascismo: quieren editarnos. No pueden habitarnos
Palantir, una empresa que vende software de vigilancia militar a gobiernos, ha publicado un manifiesto de 22 puntos. Lo llama reflexión sobre civilización, democracia y el futuro de Occidente. Aunque lo pretende, no es un documento filosófico. Es una empresa privada diciéndole a los estados cómo han de funcionar, qué valores defender, qué guerras librar y qué tipo de ciudadano necesitan. Lo firma un señor con doctorado en la Escuela de Frankfurt.

Este es el punto de partida. No una anécdota. El punto de partida. Porque lo que Palantir ha hecho en esas 22 tesis es exactamente lo que Mark Coeckelbergh describe en su artículo Tecnofascismo: la IA, las grandes tecnológicas y el nuevo autoritarismo, publicado en la revista AI & Society. Su tesis no es que la IA sea mala. Es que no es neutral. Que tiene características técnicas —opacidad, centralización, manipulación emocional a escala, vigilancia permanente— que facilitan estructuralmente el autoritarismo. Y que quienes la controlan están tomando decisiones políticas que nadie les ha encomendado. Y no precisamente en secreto.
El argumento de fondo es el de siempre: alguien construirá armas de IA, mejor nosotros. Es el TINA, “There Is No Alternative” (“No hay alternativa”) del complejo industrial-militar. Una rendición moral presentada como pragmatismo.
El escritor Antonio Muñoz Molina lleva años viendo este mecanismo. Advierte que las fuerzas más poderosas están ahora desmontando todo lo que el periodismo democrático tardó décadas en construir. Que las redes sociales hicieron un daño devastador. Que hubo dinero detrás, más dinero que nunca en la historia humana. Y que el error de los gobiernos democráticos es seguir jugando en el terreno de quienes quieren eliminarlos. No es catastrofismo. Es memoria.
Hay algo que conecta el manifiesto de Palantir con el aula de cualquier colegio. Luis Alfonso Ruiz desmonta con precisión lo que algunas plataformas de IA educativa están haciendo: vender humanismo pedagógico para vender tecnología. Hablan del alma del proyecto educativo. Del respeto a la identidad del centro. De la pedagogía por encima del algoritmo. Y luego operan sobre una descripción del colegio que alguien escribió en el momento de configurar la herramienta, hace meses, y que no se actualiza sola. La IA no sabe lo que pasó en el último claustro. Sabe lo que alguien escribió sobre el colegio cuando configuraron la herramienta.
El patrón es el mismo. A distintas escalas. Una empresa privada decide qué valores importan y se los vende a los estados como filosofía. Una plataforma EdTech decide qué es un buen colegio y se lo vende a los docentes como pedagogía. En ambos casos, alguien ha editado el manual. Pero nadie lo ha habitado.
Esa frase la tomo prestada de Santiago Schnell, rector de Dartmouth College, que cuenta el caso de un estudiante que llegó a su despacho con un borrador generado por IA. Cuando le hizo una pregunta sencilla, el estudiante vaciló. Lo describió como quien describe un paquete. El estudiante lo había editado, pero no lo había habitado. Lo que le llamó la atención a Schnell no fue el uso de la herramienta. Fue la separación entre la fluidez y el pensamiento.
Eso mismo es lo que está pasando a escala política. Gobiernos que gestionan la IA sin entenderla. Instituciones que firman manifiestos sin leerlos. Ciudadanos que consumen contenido sin preguntarse quién lo produce ni por qué. Enrique Dans lo resume diciendo que la línea entre usar la IA como herramienta o convertirse en dependiente de ella no es tecnológica, sino mental. La comodidad es muy adictiva. Coeckelbergh lo llama cognitive surrender. La delegación progresiva del juicio propio.
Ante todo esto hay dos respuestas equivocadas que se repiten. La primera es la prohibición: detectores, vigilancia, normas. La segunda es la capitulación disfrazada de adaptación: convertir la escuela en proveedora de usuarios dóciles para un ecosistema tecnológico que ya ha decidido cómo funciona el mundo.
La respuesta correcta tiene varios nombres. Schnell lo llama rediseño. Coeckelbergh lo llama resistencia. Ruiz lo llama arquitectura honesta. Tres palabras distintas para la misma cosa: una educación que forme personas capaces de leer un manifiesto de 22 puntos y ver detrás de él un modelo de negocio. Que entiendan qué hay detrás de cada herramienta que usan y quién ha decidido cómo funciona.
Palantir quiere ingenieros al servicio del estado. Nosotros queremos personas que sepan hacerle preguntas.
La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».
Mayo de 2026

Fuentes
- Claude (Anthropic). (2026). Claude Sonnet 4.6. https://www.anthropic.com/
- El País. (2026, abril 16). La IA no ha roto la educación, la ha dejado en evidencia. https://elpais.com/tecnologia/2026-04-16/la-ia-no-ha-roto-la-educacion-la-ha-dejado-en-evidencia.html (El País)
- El País. (2026, abril 17). La ventaja y los problemas de que la IA te organice la vida: la comodidad es muy adictiva. https://elpais.com/icon/2026-04-17/la-ventaja-y-los-problemas-de-que-la-ia-te-organice-la-vida-la-comodidad-es-muy-adictiva.html
- El País. (2026, abril 20). Antonio Muñoz Molina: “Las fuerzas más poderosas están desmontando el periodismo”. https://elpais.com/aniversario/2026-04-20/antonio-munoz-molina-escritor-las-fuerzas-mas-poderosas-estan-desmontando-el-periodismo.html
- LinkedIn. (2026). Cuando la IA promete proteger el alma del colegio. https://www.linkedin.com/pulse/cuando-la-ia-promete-proteger-el-alma-del-colegio-luis-alfonso-ruiz-ya9ie/
- Springer. (2026). [Artículo científico]. https://link.springer.com/article/10.1007/s00146-026-02862-9
- X (antes Twitter). (2026). Publicación de @iayeducacion. https://x.com/iayeducacion/status/2045861498979807604
