Mientras los gurús deciden
El 75% de los jóvenes españoles de entre 16 y 24 años usa ya inteligencia artificial de forma regular. La media europea está en el 39%. España casi la dobla. En la ESO, uno de cada tres alumnos emplea IA para hacer sus tareas. Solo el 17% no la usa. Esto no es una tendencia, es una realidad.

Mientras tanto, el 84% de los docentes dice que adaptarse a esta situación le genera una carga de trabajo que no compensa el tiempo que ahorra. No tienen formación. No tienen tiempo. Y el alumnado pide a gritos que alguien les ayude a usar bien esa herramienta.
No un problema tecnológico. Sino de acompañamiento.
La primera respuesta institucional al problema suele ser la prohibición. Australia lo intentó. Fue el primer país en vetar el acceso de menores de 16 años a las redes sociales, con multas de hasta 29 millones de euros a las plataformas que no cumplieran. Resultado, según recoge El País: siete de cada diez menores siguen dentro. Las plataformas tienen fallos estructurales que cualquier adolescente con diez minutos resuelve. El porcentaje de menores en redes bajó del 49,7% al 31,3%. Un avance. Pero la mayoría sigue ahí, ahora sin que nadie lo sepa oficialmente.
España anuncia que seguirá el modelo australiano. Francia y Reino Unido también. Es comprensible, pero legislar sin educar es poner una valla en mitad del campo. La ley llega hasta donde llega. La educación, si está bien hecha, va más lejos. Bastante mas.
La segunda respuesta equivocada viene del otro lado: el discurso de quienes ya saben exactamente quién sobrevivirá y quién no. Alex Karp, CEO de Palantir, empresa valorada en 433.000 millones de dólares, lo tiene clarísimo. Lo analiza Tasmia Sharmin en un artículo reciente: según Karp, en la economía de la IA solo tienen futuro dos tipos de personas. Los que tienen formación técnico-vocacional. Y los neurodivergentes. El resto, a buscarse la vida.
Karp tiene un doctorado en filosofía por la Universidad Goethe de Frankfurt y lleva años diciéndole a la gente que estudiar filosofía no sirve de nada. Sharmin lo desmonta con elegancia: el «marco neurodivergente» es, ante todo, una estrategia de reclutamiento de Palantir. Es talento de primera categoría a precio de segunda.
Lo más útil del artículo de Sharmin es lo que dice Daniela Amodei, cofundadora de Anthropic: las humanidades serán más necesarias que nunca. La inteligencia emocional, la comunicación, la curiosidad. «Las cosas que nos hacen humanos se volverán más importantes, no menos.» Que los dos mayores jefes de la IA no se pongan de acuerdo sobre qué habilidades importarán en el futuro que ellos mismos están construyendo debería, como mínimo, darnos que pensar antes de reformar el currículo escolar a golpe de titular.
La tercera respuesta equivocada es más íntima. Es la del duelo. La newsletter de Jordi Perez Colomé en El País recoge la confesión del escritor Manuel Jabois en La Ser: usó ChatGPT para documentarse sobre una escena, cedió a la tentación de pedirle un párrafo, y el párrafo fue bueno. Tan bueno que llamó a su editor para decirle que no volvería a preguntarle nada porque la IA escribía mejor que él. Su solución fue no preguntarle más.
Por el contrario, Jasmine Sun, en The Atlantic, lleva meses explorando por qué los modelos de lenguaje no saben escribir bien. : el proceso de entrenamiento elimina precisamente lo que hace interesante a la escritura. Los modelos aprenden a ser buenos alumnos, a no equivocarse, a no sorprender. Sam Altman reconoce que los futuros modelos quizá solo lleguen a producir «el poema aceptable de un poeta de verdad». Un cofundador de Sudowrite va más lejos: «Quizá necesitas un modelo que viva de verdad, y pueda casi palmarla.»
Pero Sun también cuenta lo que hace con esa limitación: usa Claude como editor, no como autor. Le da sus textos, le pide que la ayude a escribir más como ella misma. Y funciona. No porque la IA escriba mejor. Sino porque ayuda a que ella escriba mejor. Esa distinción es pequeña en apariencia. En educación, es todo.
Guillem Martínez Roura, responsable de IA y robótica en la ONU, advierte: ya cometimos el error de dejar que internet llegara sin infraestructura ni acompañamiento. Hoy hay 2.600 millones de personas sin conexión. Si la IA sigue el mismo camino —concentrada en pocos países, en pocas manos, sin estándares compartidos— la brecha no se cierra. Se multiplica.
Lo que Martínez Roura dice de la robótica vale también para la educación: no puedes ir e imponer una tecnología. Hay que colaborar con las personas de cada lugar, entender qué necesitan, construir con ellas. Es decir, exactamente lo que no se está haciendo.
La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».
Abril de 2026

Fuentes
- Anthropic. (2026). Claude Sonnet 4.6. https://www.anthropic.com/
- El País. (2026, marzo 31). Flaquea el veto a las redes de los menores australianos: la mayoría las sigue usando y el gobierno amenaza a las empresas. https://elpais.com/tecnologia/2026-03-31/flaquea-el-veto-a-las-redes-de-los-menores-australianos-la-mayoria-las-sigue-usando-y-el-gobierno-amenaza-a-las-empresas.html
- El País. (2026, abril 1). Guillem Martínez, responsable de robótica en la ONU: “La brecha digital puede aumentar con la revolución robótica”. https://elpais.com/tecnologia/2026-04-01/guillem-martinez-responsable-de-robotica-en-la-onu-la-brecha-digital-puede-aumentar-con-la-revolucion-robotica.html
- El País. (2026). Newsletter tecnología. https://t3.newsletter.elpais.com./nl/jsp/m.jsp?c=%40B4vFux7ci2XBsIySWddjpQZ6xep6EiTsu1%2Fw6GRkYuw%3D
- La Vanguardia. (2026, abril 4). Maestros artificiales. https://www.lavanguardia.com/opinion/20260404/11504773/maestros-artificiales.html
- Medium. (2026). Palantir CEO says only two types will survive AI—and elite degrees aren’t one of them. https://archive.is/20260330171522/https://medium.com/predict/palantir-ceo-says-only-two-types-will-survive-ai-and-elite-degrees-arent-one-of-them-341c222044e0
- The Atlantic. (2026, marzo 17). The human skill that eludes AI. https://www.theatlantic.com/technology/2026/03/ai-creative-writing/686418/
