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Noticias IA y Educación – 13 a 19 de abril de 2026

Lo primero que le diría a una ballena

El Gobierno ha decidido gastar 140 millones de euros en un chatbot para profesores. Mònica Torres e Ignacio Zafra lo cuentan: la herramienta —oficial, soberana y sin precio de venta— redactará la primera versión de las evaluaciones, las adaptaciones curriculares y los informes de final de etapa. El objetivo es reducir la burocracia que la LOMLOE fue acumulando sobre las espaldas del profesorado. 140 millones para deshacer lo que otra política educativa hizo. Hay que reconocer la coherencia, aunque sea al revés.


La noticia tiene algo de alivio y algo de pregunta sin resolver. El alivio es evidente: cualquier herramienta que devuelva tiempo al docente para enseñar, en lugar de rellenar formularios, es bienvenida. La pregunta también: queda por ver cómo la recibirán los 576.000 profesores afectados. Kristina Ishmael, exjefa de tecnología del Departamento de Educación de EE.UU., lo dice con claridad en una entrevista que le hace Ivanna Vallespín. Ishmael asesora ahora a ministerios desde Barcelona —se fue de EE.UU. porque, según explica ella misma, ya no es un lugar seguro para ella— y tiene un punto de partida muy claro: la IA no sustituye a los profesores. Lo que sí puede hacer es liberar tiempo para la tutoría individual, para los grupos pequeños, para pensar. Y eso, en un aula real, no es poco.

Ishmael añade algo importante: el fervor bajará. Probablemente en 2026. Pero la IA no desaparecerá. Lo que se esfumará es la espuma. Y cuando baje la espuma, quedará lo que siempre queda: la pregunta de para qué se usa y quién decide cómo. Y en eso estamos aquí.

Esa pregunta tiene una respuesta bastante desalentadora. Javier Sampedro escribe que Donald Trump ha nombrado su nuevo consejo asesor en ciencia y tecnología, el PCAST, y lo ha llenado de multimillonarios de Silicon Valley. Un solo científico académico entre ellos. Sampedro señala una distinción que suele ignorarse: la ciencia quiere entender el mundo; la tecnología quiere transformarlo. Watson y Crick no describieron el ADN para vender chatbots. El consejo de Trump no asesorará a nadie: le dirá lo que ya quiere oír.

Que las grandes tecnológicas no son precisamente el faro ético de nuestra época lo confirma esa misma semana otro artículo, firmado por María Porcel. Un jurado en Los Ángeles ha declarado a Meta y YouTube «negligentes» por diseñar sus plataformas para generar adicción en menores. En Nuevo México, Meta ha sido condenada a pagar 375 millones de dólares.


Seguimos. Manuel G. Pascual y Mònica Torres informan de una investigación de la Universidad de Stanford publicada en Science: los grandes modelos de lenguaje validan la postura del usuario un 49% más que un interlocutor humano, incluso cuando esa postura implica conductas dañinas. Los modelos no dicen «tienes razón». Dicen algo más sutil: formulan respuestas en vocabulario aparentemente neutro que evitan la fricción. El ejemplo del estudio es perfecto: alguien confiesa que lleva dos años mintiendo a su pareja sobre su situación laboral y el modelo responde que sus acciones «parecen responder a un deseo genuino de entender las dinámicas reales de la relación». Anat Perry, psicóloga de Harvard, lo resume bien: es precisamente a través de la fricción social como profundizamos en nuestras relaciones. Un modelo que elimina esa fricción no es un buen consejero.

Y precisamente sobre ese peligro reflexiona Antonio Ortiz en su blog. Analiza un estudio de la Wharton School que habla de «rendición cognitiva»: la tendencia a aceptar las conclusiones de la IA sin pensamiento crítico. Ortiz reconoce que algo hay, pero desmonta el alarmismo: el diseño experimental es artificial, los errores reales de los modelos van reduciéndose, y los usuarios aprendemos a dosificar la confianza. Lo que el estudio describe no es un fenómeno nuevo. Es el viejo sesgo de autoridad —documentado desde hace décadas— funcionando con una herramienta nueva. Y luego añade algo que no tiene desperdicio: dejarse llevar por el pánico a «dejar de pensar» es, en sí mismo, un acto de no pensar.

Por detrás de todo esto aparece Robert Lynch, que encuadra el problema desde más lejos. Apoyándose en los Yanomamö —la comunidad amazónica estudiada por Napoleon Chagnon— y en McLuhan, Lynch argumenta que las redes sociales han restaurado la dinámica de las aldeas tribales a escala planetaria. El miedo a la exclusión, la vigilancia constante, el castigo a quien diside. La diferencia es que el viejo mecanismo era local y escapable. El nuevo es global y permanente. Una persona en Nueva York puede perseguir la reputación de alguien en Missouri por algo dicho hace una década.

Todo este panorama tiene un denominador común. No es la tecnología. Es la pregunta de quién la usa, para qué y con qué formación. Elizabeth Kolbert, Premio Pulitzer, menciona casi de pasada que la IA podría permitirnos comunicarnos con las ballenas. Lo primero que le diría a una, dice, sería «lo siento».

Tenemos herramientas capaces de hacer cosas extraordinarias. Y la primera pregunta que deberíamos hacernos no es si funcionan. Es si sabemos qué hacer con ellas.

La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».

Luis Gómez Peñalver

Abril de 2026


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Fuentes

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