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Noticias IA y Educación – 14 a 20 de septiembre de 2026

Cada tres años pasa lo mismo. Sale PISA y, durante una semana, todo el mundo sabe de educación. Tertulianos, columnistas, políticos y demás, que no pisan un aula desde que Florido Pensil era el libro de referencia. Luego se les pasa. Hasta dentro de tres años.

Esta vez los datos son malos. Los peores de la serie en lectura, matemáticas y ciencias.  Pero hay letra pequeña. España ha dejado fuera de la prueba a casi un 8% del alumnado, por encima del 5 % que permiten los propios estándares de PISA. En Cataluña, las exclusiones dentro de los centros han pasado del 5% a más del 23%. 

Aun así, ya tenemos un culpable: las pantallas. El propio Gobierno las ha señalado al presentar el informe. La respuesta fácil.


El escritor Nando López afirma que culpar a las pantallas es cómodo. Mucho más que hablar de recortes. De hablar del incontable número de leyes educativas que se han sucedido sin descanso, de una reforma que llegó sin medios ni formación. De docentes con demasiadas horas y grupos demasiado grandes. De una atención a la diversidad que se sostiene con más voluntad que plantillas. De docentes que renuevan la biblioteca con su dinero. De cursos que han empezado en barracones. Y de la nostalgia de una EGB en la que, al parecer, a los trece años entendíamos a Góngora. Una generación que se permite ridiculizar a los que farmean aura. 

Ignacio Zafra documenta que en bruto, la privada y la concertada sacan a la pública unos veinte puntos. Casi un curso. Pero cuando se igualan las condiciones sociales del alumno y del centro, la ventaja se da la vuelta. La pública rinde más. En Andalucía, dieciséis puntos más. Cuando se invierte, se nota. Qué sorpresa. Y un detalle para quien culpe a la inclusión: según el sociólogo José Saturnino Martínez, la caída más fuerte se ha dado entre los estudiantes más acomodados. ¿Será que compran las notas al peso? Uy lo que ha dicho.

Entonces, ¿de dónde sale lo de las pantallas? Juan G. Fernández lo explica con una escalera. En el primer peldaño, PISA describe: cuánto saben los alumnos y si suben o bajan. En el segundo, encuentra coincidencias: los que hacen tal cosa sacan más o menos nota. Pero que dos cosas vayan juntas no significa que una provoque la otra. Los alumnos que van a clases de refuerzo suelen sacar peores notas, y a nadie se le ocurre decir que el refuerzo los empeora. Van porque ya iban mal. Con la IA puede pasar igual: quizá la usa más quien más se atasca. PISA no puede saberlo. El truco de los titulares es saltarse peldaños. Por que es mas trending, supongo. De «los que usan pantallas sacan menos nota» a «las pantallas bajan la nota». Y de ahí, a «prohibámoslas». Cada salto necesita pruebas que PISA no tiene. Juan Fernández no pide abandonar PISA. Pide más datos. Si el reloj atrasa, se pone en hora. No se tira por la ventana. Que para eso fomentamos el reciclaje.

Mª del Mar Sánchez Vera, recuerda que los cuestionarios de PISA recogen lo que dicen alumnos y directores, no lo que pasa en el aula. PISA pregunta a los alumnos si usan la tecnología para aprender. Uno lo hace programando un robot. Otro, leyendo en la tableta el mismo libro que antes llevaba en la mochila, si es que no está viendo vídeos de YouTube… Para la encuesta, los dos hacen lo mismo. Y cita a Estonia y Corea: muy digitalizadas y en lo alto de la tabla. Si las pantallas fueran el problema, estarían abajo.

Con la IA pasa lo mismo. Más de la mitad del alumnado español la usa cada semana. Guillermo Francisco Rivero y Juan Luis López, de Aulas Inteligentes, han desmenuzado los datos : sí, el uso general de IA se asocia a peores notas en ciencias. Pero cuando se usa para aprender, esa relación es casi nula. Singapur combina mucho uso y resultados altos. Y quienes la usan para estudiar y revisan en clase lo que les devuelve superan los quinientos puntos. Que supongo que son muchos.  La herramienta no decide, decide la tarea. No es lo mismo mandar a casa una redacción que ChatGPT hace solo, a pedir en clase que se corrija lo que ha escrito la máquina. Para diseñar lo segundo hacen falta tiempo, formación y menos alumnos por aula. 



Mientras tanto, en el multiverso de la IA, Jacob Coxon, que ha entrenado modelos en OpenAI y en Anthropic, ha dimitido. Porque, según Coxon, ninguna de las dos empresas actúa con responsabilidad, y lo que se dice en privado asusta más que lo que se dice en prensa. Si voy conduciendo un coche y empieza a llover, la lógica es frenar o acelerar. Pues eso, se ve que los que pisan el acelerador no se mojan.

Enrique Dans admite que se tomó a Hinton, el padrino de la IA que en 2023 pidió frenar, demasiado a la ligera. Anthropic teme a OpenAI, OpenAI teme a Google y todos temen a China. Nadie frena porque frenar solo parece un suicidio. Hasta que a Skynet le de por poner sus circuitos encima de la mesa. 

El mundo al revés. En la escuela sobran frenos: prohibiciones, alarmas y ministros señalando pantallas. Y falta dinero. En los laboratorios, dinero sin fondo y ningún freno. Estamos vigilando la pantalla equivocada.

Si la IA va a ser tan potente como avisan quienes la construyen, necesitamos gente que sepa usarla, dudar de ella y exigir que se regule. Eso no se consigue quitándole el móvil a nadie. Hace falta algo bastante menos vistoso y bastante más caro.

La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».

Luis Gómez Peñalver

Septiembre de 2026


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Fuentes

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