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Noticias IA y Educación – 27 de octubre a 2 de noviembre de 2025

Cuando las máquinas hablan, ¿quién escucha?

Hace apenas una década, las granjas de bots eran casi un mito digital. Carmela Ríos, en El País, nos recordaba aquel edificio de San Petersburgo donde, a golpe de teclado, se fabricaban realidades políticas paralelas. Hoy esas granjas ya no necesitan manos humanas: la inteligencia artificial ha convertido los “me gusta” y los mensajes falsos en una sinfonía automatizada que inunda las redes. El 40 % del tráfico global en 2025 ya es generado por bots. Y con tanto ruido, ¿quién sigue escuchando a las personas reales?

Imagen generada con IA

En Florida, esta realidad ha golpeado de nuevo.  Una periodista de Paréntesis Media, Ana Radó, contaba cómo un adolescente de 13 años fue arrestado tras preguntar a ChatGPT “cómo matar a un compañero”. Lo que el joven describió como una broma encendió todas las alarmas de un sistema escolar vigilado por algoritmos. ¿Estamos educando a los alumnos o simplemente controlándolos? 

En otro frente, este académico,  Jorge Morla advertía que los resúmenes automáticos de IA están destruyendo el internet que conocíamos. Google ya no solo nos muestra resultados: nos da las respuestas masticadas, empaquetadas, y con ello deja a los medios sin visitas y a los lectores sin criterio. Lo que fue una red abierta se convierte poco a poco en un espejo cerrado donde los algoritmos deciden qué merece nuestra atención. La mierdificación, la «enshitification» como dijo hace ya meses Enrique Dans, avanza más rápido que nuestra capacidad de distinguir lo verdadero de lo cómodo.

Relacionado con la comodidad, Peter D’Autry escribía en Philosophy Today sobre otro espejismo: la fe tecnológica. Hay quienes predican que los chips piensan y las máquinas sienten. Él lo llama “neuromitología”: esa tendencia a convertir el lenguaje de la ciencia en teología de silicio. Confundir cálculo con conciencia es como pensar que un reloj entiende el paso del tiempo o que un submarino nada. Las máquinas simulan, pero no sienten. Interpretan, pero no comprenden.


Y sin embargo, entre tanto ruido, hay quien encuentra utilidad. Elliot Graebert contaba en Medium cómo la llamada IA «agéntica» ha cambiado su forma de trabajar: decenas de tareas automatizadas, código escrito por máquinas, y una productividad que ningún humano podría igualar. En su empresa, una IA ya es el segundo programador más activo. 

La IA no solo transforma la forma en que producimos, sino también cómo pensamos, sentimos y convivimos. Los bots moldean la conversación pública; los algoritmos escolares deciden lo que es una amenaza; los resúmenes automáticos sustituyen la lectura y los ingenieros se enfrentan a sus propios mitos tecnológicos.

Y sin embargo, el hilo que une todo esto sigue siendo humano: no hay bot que enseñe empatía, ni algoritmo que sustituya el juicio crítico.

La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la “o”.

Luis Gómez Peñalver

Noviembre de 2025


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