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Noticias IA y Educación – 23 de febrero a 1 de marzo de 2026

Bicicletas eléctricas, cerebros humanos

Vivimos un momento de la historia en el que la IA ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una presencia cotidiana en las aulas, en el trabajo y en nuestras decisiones. Ya no hablamos de “si llegará”, sino de cómo la estamos usando… y, sobre todo, de qué estamos dejando de aprender mientras la usamos.

Imagen generada con IA

Gobiernos que prometen tutores digitales para cientos de miles de estudiantes, algoritmos que parecen “intuir”, directivos que gestionan ejércitos de agentes, alumnos que aprenden a sobrevivir al sistema y científicos que se preguntan dónde empieza —y dónde acaba— la consciencia. No estamos ante una revolución tecnológica, sino ante una prueba educativa, y es que el verdadero examen no es para las máquinas. Es para nosotros.

Empecemos por la promesa. El anuncio del Department for Education, con Bridget Phillipson y Liz Kendall al frente, se centra en las escuelas del Reino Unido, especialmente en institutos de Inglaterra, en los cursos conocidos como Years 9, 10 y 11, que en España corresponderían aproximadamente a 3º y 4º de ESO y al primer tramo del Bachillerato. Allí comenzarán las pruebas con alumnado de entornos desfavorecidos, con la intención de que, antes de 2027, estos tutores con inteligencia artificial estén disponibles en los centros públicos. Hasta 450.000 estudiantes podrían recibir apoyo personalizado, una especie de profesor particular universal, gratuito y escalable. La vieja aspiración de la igualdad de oportunidades traducida en algoritmo. Y, ojo, con la idea de complementar, no sustituir, al profesorado. Veremos. 

Pero justo cuando uno empieza a dejarse llevar por el entusiasmo, lo moderamos y recordamos que la IA no piensa como nosotros. No razona como nosotros. No “entiende” como nosotros. Funciona más como una intuición estadística gigantesca. Predice, detecta patrones, anticipa palabras, imágenes, soluciones… sin conciencia, sin intención, sin experiencia vivida. François Chollet lo llama “automatización cognitiva”. No estamos creando pequeños profesores digitales conscientes. Estamos creando máquinas extraordinariamente buenas imitando el lenguaje del conocimiento.

Ethan Mollick lo explica desde otro ángulo, en su clase experimental en Pensilvania. Sus alumnos montaron startups en cuatro días con ayuda de IA. Meses de trabajo comprimidos en horas. Prototipos reales. Análisis sólidos. Presentaciones creíbles. Una locura. Pero su conclusión es llamativa: no triunfaron por saber usar IA, sino porque sabían gestionar. Porque sabían pedir, evaluar, corregir, redefinir. Porque tenían criterio. La IA no sustituyó su pensamiento. Amplificó el que ya tenían. Aquí encaja como un guante la metáfora de India Harding: la IA es una bicicleta eléctrica, no un cerebro. Te ayuda si sabes pedalear. Si no, solo te cansas más rápido.


Quien no sabe plantear un problema, con IA solo generará problemas más deprisa. Quien no sabe leer críticamente, con IA solo leerá errores con más fluidez. Quien no sabe aprender, con IA solo memorizará simulacros de aprendizaje.

George Dillard lo dice sin rodeos: los estudiantes no están fallando. Están respondiendo racionalmente al sistema. Si premiamos el mínimo esfuerzo, copiarán. Si premiamos la velocidad, irán deprisa sin profundidad. Si premiamos el resultado sin proceso, usarán cualquier atajo disponible Incluida, por supuesto, la IA. No porque sean tramposos. Porque son inteligentes dentro de las reglas que les damos.

Y mientras tanto, Javier Sampedro nos lanza una pregunta incómoda desde la neurociencia y la filosofía: ¿dónde está realmente la consciencia? ¿En el cerebro? ¿En la experiencia? ¿En la conexión con el mundo? Su “cerebro en un frasco” es una advertencia cultural. Podemos simular funciones, aislar procesos, reproducir comportamientos… sin generar conciencia.

La IA puede escribir como Borges, resolver como un matemático, razonar como un experto. Pero no vive. No sufre. No duda. No se equivoca con sentido. Es decir, lo que pasa cuando se aprende. 

El problema no es la IA, sino creer que basta con ponerla delante del alumnado para que ocurra el milagro. La IA no es neutra ni inocente ni mágica, es un espejo amplificador de lo que somos como sistema educativo.

La solución: educación. Con mayúscula. Y tilde en la «o».

Luis Gómez Peñalver

Marzo de 2026


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Fuentes

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