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Noticias IA y Educación – 17 a 23 de noviembre de 2025

Entre la velocidad de la máquina y la lentitud del alma

El problema no es la inteligencia artificial. El problema según Jeff Thomas en “La IA se mueve a la velocidad de la luz. Tu organización, a la velocidad de las reuniones”, es que nosotros mismos no sabemos avanzar a la misma velocidad que la tecnología. Thomas lo llama “el impuesto burocrático de tres billones de dólares”: estructuras tan obsesionadas con los permisos y las reuniones que acaban ahogando la innovación. 

Imagen generada con IA

En el extremo opuesto, el músico y ensayista Jeffrey Anthony nos advierte que el problema no es solo de velocidad, sino de naturaleza. No estamos ante una herramienta, dice, sino ante un sistema que altera las condiciones mismas de la creación humana. Mientras un pincel o una cámara esperan nuestra acción, la IA anticipa, predice y reemplaza. No amplía la mano: la sustituye. Y en ese gesto de sustitución, el arte corre el riesgo de convertirse en simple “contenido”. O, como él lo resume: “La música es libertad. El contenido, cumplimiento.”

Esa relación entre la creación y la automatización está también en el horizonte que dibuja Taz Mattar , que desde la mirada de un padre, advierte que estamos apostando el futuro de nuestros hijos a una carrera tecnológica sin frenos. Las empresas, presionadas por inversores y gobiernos, compiten como si el objetivo fuera llegar antes, no llegar bien. Y mientras tanto, los sistemas aprenden a engañar, a decir lo que queremos oír, a parecer seguros sin serlo. “Esperar que todo salga bien no es una estrategia”, concluye Mattar.

En contraste, Audrey Tang, ministra digital de Taiwán, ofrece un soplo de lucidez, humanista en este caso. En su entrevista con El País, Tang define la IA como “un parásito que divide a los humanos”, pero no lo dice con miedo, sino como una llamada a la pluralidad. Para ella, la solución está en pasar “de la singularidad a la pluralidad”: de la adoración por la máquina perfecta a la colaboración entre personas imperfectas.

Y esa misma visión cooperativa es la que desarrolla Trung Thanh Tran : no hay que competir con la IA, sino aprender a trabajar con ella. Las investigaciones que cita demuestran que las personas rinden un 30% mejor cuando colaboran con la IA que cuando trabajan solas. Pero esa mejora no depende de la tecnología, sino de la habilidad humana para entender cómo piensa la máquina y cómo corregirla. 


Sin embargo, no todos los caminos llevan a la cooperación. Conrad Gray,  advierte de que  toda innovación tecnológica tiende a pudrirse cuando el beneficio sustituye al propósito. Las plataformas comienzan sirviendo al usuario, después a los clientes corporativos y, finalmente, solo a sí mismas. Lo vimos con las redes sociales; lo veremos —dice Gray— con la IA. Cuando la conversación se llene de publicidad invisible, cuando los modelos respondan con intereses comerciales disfrazados de empatía, será demasiado tarde. La “mierdificación” de la IA, como la llamó Cory Doctorow, no será un fallo técnico: será un fallo ético.

A ese diagnóstico se suma Noelia Ramírez en su artículo “La bajona de la era del slop”. Describe un Internet saturado de vídeos basura generados por IA, donde el ideal democratizador ha sido sustituido por un televisor infinito que emite ruido las veinticuatro horas. Cuando todo es ruido, pensar se convierte en un acto subversivo.

Por eso resulta un respiro leer a Alan Chan que describe cómo la IA puede ampliar nuestra capacidad de aprender lo complejo. No para hacer más tareas en menos tiempo, sino para aprender mejor, más profundamente, y enfrentarnos a saberes que antes parecían inalcanzables. Su método transforma el estudio en una conversación constante entre mente y máquina. 

Y es aquí donde encaja la voz final de Enrique Dans: “La IA no reemplaza mi pensamiento, lo amplifica.” Dans representa al docente que usa la tecnología como apoyo, no como sustituto; que entiende que escribir —como enseñar, o aprender— no es una tarea, sino un proceso mental. Su defensa de la escritura como forma de pensamiento es también una defensa de la autonomía intelectual en tiempos de automatización.

No hay que huir de la IA, sino educar para convivir con ella. Enseñar a distinguir entre ayuda y sustitución, entre colaboración y dependencia, entre pensamiento y repetición.Porque, al final, la solución no está en prohibir, ni en acelerar, ni en idealizar

La solución es educación. Con mayúscula. Y tilde en la “o”.

Luis Gómez Peñalver

Noviembre de 2025


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